La Hora de la Estrella: Metaliteratura e historia banal

Como una llama que brilla a su máxima intensidad antes de apagarse, Clarice Lispector elaboró La hora de la estrella, su última novela publicada. La finalizó en 1976, pocos meses antes de morir en 1977. Por entonces, la extraordinaria escritora brasileña ya sufría en carne viva la enfermedad terminal que habría de llevársela a la tumba. De la mujer atractiva de hacía unos años no quedaba huella. En esas circunstancias, ya vislumbrando y casi palpando la muerte, la escritora elaboró su última obra maestra. “Las últimas obras son breves y ardientes como el fuego […] Obras de agradecimiento: a la vida, a la  muerte”[1], escribe Helene Cixous en su ensayo sobre Lispector. Tal párrafo busca expresar la calidad de la escritura de Lispector, calidad que en los últimos meses no había disminuido, sino que se había potenciado.
Lo primero que se advierte en el texto es aquello por lo que se tiene en estima la escritura de Lispector: la experimentación formal. La inusual estructura del texto provoca una rápida confusión en la lectura, empezando por el abordaje del narrador. Rodrigo S.M, hombre meditabundo y contradictorio, es quien narra la historia. A primera vista ese hecho no luce nada especial, pero las primeras páginas ya van salpicando de extrañezas a la historia. La reflexión escritural de las páginas iniciales pone al lector en espera de la historia, historia que se va postergando hasta el límite de la paciencia. Cuando esta finalmente llega, el lector ya se ha zambullido en las reflexiones del narrador, y la historia que este le cuenta es observada bajo otros ojos. Lo curioso es que las reflexiones del narrador siguen permeando el texto una vez comenzado el relato sobre la vida de Macabea -protagonista de la anécdota referida por el narrador de la historia-, intercalándose en la narración de una manera regular. Aquellas intromisiones sirven, en parte, para cuestionar y reflexionar sobre la posibilidad literaria de la representación, dando al texto un cierto matiz irónico -y sombrío-. Florencia Garramuño se refirió a ello en uno de los textos que acompañan a la obra en la edición de Corregidor: “[Presentación] que funciona a su vez desplazando esa tradición social de la literatura brasileña, señalando precisamente la ausencia de ese “real” que supuestamente se estaría representando”[2]. Los cuestionamientos sobre la escritura y las reflexiones, a veces irónicas sobre esta, se van sucediendo a lo largo de la narración, dejando en tela de duda la “realidad” representada –y la propia intención de representarla-. Como muestra, algunos botones: “Recen por ella y que todos interrumpan lo que están haciendo para insuflarle vida […] Yo podría resolverlo por el camino más fácil, matar a la niña infante, pero quiero lo peor: la vida”[3]; “(Ah qué historia banal, apenas soporto escribirla.)”[4]. Pero no sólo estas intromisiones en la narración forman parte de esta audacia formal de Lispector: la provocadora lista de subtítulos al inicio del texto acaba de conferir aquel matiz irónico y auto-cuestionador a la novela.
Una segunda cuestión en que conviene detenerse es la naturaleza sexo-genérica del narrador. ¿Por qué Lispector escogió a un hombre para narrar la historia de una mujer –con la que la escritora guardaba correspondencia en unos pocos aspectos-? La primera respuesta la da Lispector en la novela, a través de Rodrigo S.M.: “Además —descubro ahora— yo tampoco hago la menor falta y hasta lo que escribo podría escribirlo cualquier otro. Otro escritor, sí, pero tendría que ser hombre porque una escritora mujer puede lagrimear sentimentalidades”[5]. Por supuesto, el narrador no es del todo fiable en sus intenciones, pues en varios pasajes demuestra una gran simpatía por su personaje, a veces rayando en la ternura: “Ah, si yo pudiese agarrar a Macabea, darle un buen baño y un beso en la frente mientras la cubro con una frazada. Y hacer que al despertarse se encontrara simplemente con el gran lujo de vivir”[6]. Esto muestra que confiar en el narrador es aventurado y podría derivar en una trampa colocada por la escritora al momento de crearlo. Una segunda respuesta, menos poblada de trampas,  podría venir desde afuera, por parte de Nelly Richard. Esta primero cita a Josefina Ludmer, de quien son las siguientes líneas: “la escritura femenina no existe como categoría porque toda escritura es asexual, bisexual, omnisexual”[7]. Posteriormente, Richard puntualiza más el asunto: “La escritura pone en movimiento el cruce interdialéctico de varias fuerzas de subjetivación”[8]. Es decir, la escritura es capaz de nutrirse de distintas “fuerzas de subjetivación”, puede apuntar en varias direcciones, asumir distintas identidad sexo-genéricas. No es, por tanto, necesario que la escritora utilice un narrador femenino para narrar esta historia. Puede narrar desde cualquier lugar y dar vida a quién sea, partiendo incluso de un narrador masculino para narrar una historia sobre una mujer, en este hábil despliegue de círculos concéntricos. Con esta audacia, la escritora brasileña evadió las posibilidades narrativas manidas, expandiendo el uso del narrador a nuevas subjetividades.  
La novela cuenta con varios méritos más, pero haría falta una exposición más larga y no una reseña somera. Habría que detenerse en la extraordinaria riqueza de las frases del narrador, a veces cercanas al aforismo. Allí se advierta la potencia intelectual de una escritora que, como decía Helene Cixous, “lo descubre todo”[9] sin haberse imbuido de filosofía, sin haberse asomado discursivamente a los abismos del saber: apenas intuyéndolos, como hace el escritor auténtico. Esta extraordinaria intuición le sirvió para crear una pequeña joya maestra poco antes de morir y acabar de forjar su gigantesco legado. 

Tomado de: http://www.corregidor.com/imagenes/libros/tapa1873-4.jpg





[1] Cixous, Helene. La risa de la medusa. Ensayos sobre escritura. (Madrid: Anthropos , 1995), 162.

[2] Garramuño, Florencia. "Una lectura histórica de Clarice Lispector". En Clarice Lispector: La hora de la estrella. (Buenos Aires: Corregidor, 2011), 67.

[3] Lispector, Clarice. La hora de la estrella. (Buenos Aires: Corregidor, 2011), 57.

[4] Ídem, 46.
[5] Ídem, 13.
[6] Ídem, 42.
[7] Richard, Nelly. Maculino/Femenino. (Santiago: Francisco Zegers Editor , 1993), 35.

[8] Ídem, 35.
[9] Cixous, Helene. La risa de la medusa. Ensayos sobre escritura. (Madrid: Anthropos , 1995), 158.

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