Descubrí la muerte viendo fútbol
Tenía 10 años. Hace uno, más o menos, me había aficionado al fútbol, gracias a una guía mundialista elaborada por la revista española Don Balón que Tesalia Springs Company, que la distribuía en Ecuador, le entregó a mi mamá por su condición de cliente frecuente. La leí de cabo a rabo, con una voracidad tremenda, como si fuese un pequeño Somerset Maugham enfrentándose a la guía telefónica del pequeño pueblo en el que una vez tuvo que descansar forzosamente, en espera de que la maleta con novelas que había preparado para el viaje llegase lo más pronto posible.
Como otros jóvenes aficionados a la lectura quizá se encontraban desbrozando las páginas de Christina Rossetti o de Robert Louis Stevenson en ese momento—aunque la lectura de Stevenson me llegaría dos años más tarde, cuando El diablo en la botella fue agregado a la lista de lecturas obligatorias en mi colegio—, yo leía y releía las brevísimas semblanzas de cada uno de los futbolistas que componían los 32 equipos del torneo. Esas descripciones escritas a vuelapluma y con gran destreza, que contenían en escasas líneas un resumen del estilo de juego e, incluso, alguna particularidad psicológica del jugador en cuestión, disparaban mi imaginación. Las recorría con el mismo placer con que, años más tarde, leería las biografías de escritores, personajes históricos o de los personajes mitológicos. Era probable que si, viendo algún partido de la Copa del Mundo, alguien de mi casa se hubiera preguntado, por ejemplo, quién era aquel jugador turco de cabeza rapada y semblante intimidante, yo habría podido decirle dos cosas: que se trataba de Ümit Davala, un carrilero veloz que gustaba de incorporarse al ataque con frecuencia, y que en la foto de la guía no llevaba el cabello corto, sino una cabellera castaña e inusualmente larga para un hombre que le llegaba hasta los hombros. No obstante, nadie lo preguntó jamás. Mi hermana solía burlarse del interés con que yo acumulaba información que no le interesaba a nadie más y mucho menos a otro niño de mi edad. Pero no importaba. Mi romance con el fútbol había quedado sellado, y nada podría romperlo, ni siquiera lo que sucedió un año más tarde.
Corría junio. Me encontraba, creo, en las vacaciones escolares que precedían al séptimo de básica, el último nivel de la escuela primaria, y mi afición al fútbol había pasado al siguiente nivel. No me perdía un solo partido de fútbol transmitido por televisión nacional —mis padres no había contratado todavía el servicio de cable—y, por lo tanto, ya me había acercado a la Liga Española y a los partidos jugados en otras ciudades del campeonato ecuatoriano. Y, por supuesto, había empezado a ver la Copa Confederaciones que se celebraba por aquellos días.
No recuerdo por qué no vi el primer partido de semifinales del 26 de junio entre Colombia y Camerún, pero, sin duda, ello me salvó de un trauma medianamente fuerte. Porque el pequeño trauma que me acometió esa noche fue rápido y contundente, sin la tensión que la incertidumbre suele suministrar.
Todo ocurrió mientras transcurría merienda. Yo había adquirido por entonces la costumbre de levantarme a intervalos frecuentes de mesa, para corretear. Y esa noche no fue la excepción. En ese momento, la televisión estaba encendida. Estaban pasando el noticiero —no recuerdo si fue Televistazo o 24 horas— y había llegado la sección deportiva. De pronto, vi en la pantalla una imagen que, pese al paso de los años, sigue presente en mi memoria. Un joven futbolista africano yacía inconsciente en el piso, con la mirada inmóvil. El iris de cada uno de sus ojos estaba desdibujado por un brillo acuoso y su boca no se movía. Lucía como una estatua griega, con ese aire intemporal que contiene el rastro de los años, pero no de la vida. A su alrededor podía observarse a otros futbolistas caminando. Fue el plano más impactante, el que provocó en mí un sudor helado. Todo había comenzado.
El siguiente plano no me impactó inmediatamente tanto como el otro. Sin embargo, fue más doloroso. Vi cómo Iván Ramiro Córdoba, el capitán de la selección colombiana, se colocaba detrás del futbolista caído y levantaba su cabeza, los ojos en blanco total —aunque ahora me pregunto si ello se debía a la lejanía de cámara— como los de una personaje de anime gobernado por la ira. No sólo era una tragedia para los jugadores cameruneses, sino para todos quienes se encontraban en el estadio Gerland ese día.
Esa noche lloré. Lloré copiosamente, con ese envión que caracteriza a esa clase de episodios a una edad temprana. Mis padres trataron de calmarme, y mi hermana no se burlo. En su lugar, habló con su novio. Él le explicó —y, más tarde, mi hermana me lo explicaría a mí— que el hombre había muerto porque una vena se le había saltado en la cabeza, lo que no era cierto. Años más tarde, buceando en Google una tarde, decidí buscar una respuesta. Lo primero que hice fue teclear el nombre de aquel infortunado, un nombre que, creo, no se apartará de mi memoria mientras ésta conserve intactos los cajones en que están almacenados todos sus despojos: Marc Vivien Foe. Y, uno de los varios textos noticiosos que leí, encontré la respuesta que buscaba hacía un buen tiempo: miocardiopatía hipertrófica.
Lo acometió una muerte silenciosa, soterrada, siseante. Muerte inesperada e ineluctable, por la propia naturaleza tan intempestiva y tan agresiva del ataque experimentado. Ese diagnóstico terminante que leí esa tarde daba cuenta de que, para el futbolista africano, pisar el campo era ya, en potencia, una sentencia mortal. Aquel hombre joven, aparentemente saludable, había experimentado un padecimiento fulminante y oculto que lo llevó a alimentar gusanos antes de llegar a la treintena. Nadie sospechó que aquello podría ocurrir algún rato, ni los médicos que con tanto ahínco, supongo, se habían dedicado a monitorear sus saludables signos vitales en los años anteriores. Porque Marc no militaba en cualquier equipo, en cualquier país. Militaba en Inglaterra, en el Manchester City —un club que, no cabe duda, no puede ser comparado con el actual, tan forrado de billetes orientales, pero que, por geografía, hacía parte de una suerte de élite—. El prestigio de su club no alcanzó. No fueron suficientes los altos presupuestos, los sueldos elevados. La muerte se lo llevó sin que alguien fuese capaz de oponer alguna solución.
Hoy, cuando me acerco a la edad que tenía Marc al morir, me rodea el miedo. Un miedo abrumador, El miedo a la intrascendencia, al aburrimiento y, por supuesto, a la muerte. A una muerte que, sin importar cuando llegue, me agarre con la vida gastada en vano, con el disfrute infinitamente postergado.
No fue, eso sí, lo que pensé de niño, cuando derramé lágrimas por ese joven mediocampista africano. Sólo pensé que ese sentimiento muy ingenuo de haber habitado siempre el mundo, de encontrarme en un placentero infinito, únicamente interrumpido por mis crisis de asma y de sinusitis, era ilusoria. Yo podía irme en cualquier momento, y, también, alguien cerca de mí podía hacerlo. Pero de eso hablaré cuando tenga ganas.
Afortunadamente volví a ver fútbol al final del año, cuando mi querida Liga Deportiva Universitaria se hizo con el título de 2003. La magia de Salas, la alegría de Néicer Reasco y el cañón que Patricio Urrutia ocultaba en su pie derecho hicieron que me olvidara de que había descubierto la muerte viendo fútbol.

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