Descubrí la muerte viendo fútbol
Recuerdo a la perfección el día que la muerte apareció en mi vida como posibilidad palpable. Tenía 10 años. Hace uno, más o menos, me había aficionado al fútbol, gracias a una guía mundialista elaborada por la revista española Don Balón que Tesalia Springs Company, que la distribuía en Ecuador, le entregó a mi mamá por su condición de cliente frecuente. La leí de cabo a rabo, con una voracidad tremenda, como si fuese un pequeño Somerset Maugham enfrentándose a la guía telefónica del pequeño pueblo en el que una vez tuvo que descansar forzosamente, en espera de que la maleta con novelas que había preparado para el viaje llegase lo más pronto posible. Como otros jóvenes aficionados a la lectura quizá se encontraban desbrozando las páginas de Christina Rossetti o de Robert Louis Stevenson en ese momento—aunque la lectura de Stevenson me llegaría dos años más tarde, cuando El diablo en la botella fue agregado a la lista de lecturas obligatorias en mi colegio—, yo leía y releía las br...






