Erotismo: violencia y transgresión en El fuego y la poesía de César Moro
La poesía de César Moro representa para el lector que se
enfrente a ella una vuelta de tuerca sutil –y a la vez áspera- con respecto a
lo que se tendría por poesía amatoria. Moro rehúye de los lugares comunes y los
enfoques tradicionales para entregarnos textos signados por la violencia y la
ausencia. El cruce de estas dos características puede rastrearse hasta los
inicios surrealistas del poeta peruano. Y si bien es cierto que la poesía de
Moro nace, en parte importante, de su filiación surrealista, este acabaría por
desprenderse del movimiento liderado por André Bretón posteriormente. La poesía
de Moro se torna personal y sus alcances acaban por trascender los dictámenes
del surrealismo.
El poema El fuego y
la poesía se publica fragmentariamente en la revista El Hijo Pródigo en junio de 1944, en México[1].
Para entonces, César Moro ya se había desprendido del movimiento surrealista,
del cual salió con compañía de varios poetas, quienes firmaron un documento
llamado “Adiós al surrealismo” en 1942[2].
Moro se distancia de Bretón y, por tanto, de las prerrogativas surrealistas a
ultranza. Tiene espacio para liberarse y componer poemas de acuerdo a su sentir
más interior. La mayor diferencia de Moro con el fundador del surrealismo
reside en la concepción bretoniana de amor, el cual debe ser siempre
heterosexual. Moro se niega a esto. Según David Sobrevilla, el poeta peruano
también estaba en contra de “la subestimación por parte del surrealismo del psicoanálisis”[3].
Moro preconizaba la “liberación de la libido”[4] y
la homosexualidad. De ahí proviene su visión tan personal y libre sobre el
amor.
Ahora bien, ello no significa que un análisis de la
poesía de Moro pueda limitarse a una trayectoria poética. Los propios poemas de
Moro son el principal sustento del sitial que luego alcanzó como poeta. El fuego y la poesía es un
poema largo de gran valor poético, no solo por el uso de la imagen,
sino por los temas que lo recorren y se entrecruzan en él.
Hay algo que se percibe inmediatamente: la naturaleza y
propósito de los versos del poema. Yolanda Westphalen cita los tres niveles o
dominios del amor y erotismo definidos por Octavio Paz en La llama doble: el primero sería el de la sexualidad, perteneciente
a la naturaleza; el segundo, el erotismo, perteneciente al plano social y
cultural; el tercero, el amor, una transgresión de la cultura y la naturaleza
por el espíritu[5].
Según Westphalen, en su poesía, Moro se concentra en lograr el tercero, pero
utilizando de forma dominante y central el segundo. Es decir, convierte a la
sexualidad mediada por la cultura en la trasgresión y la “libertad” de que
habla Paz. Los versos de El fuego y la
poesía son de una gran sexualidad: “Las piernas se cruzan y se anudan
lentas para echar raíces”[6].
Pero tal sexualidad no está representada de forma explícita como para dar una
lectura apresurada, sino que entra en el dominio del erotismo al enmarcar el
acto sexual bajo una serie de imágenes brillantes donde, además, la voz poética
cree en la posibilidad de vencer a la muerte y perennizar el instante: “Zafando
el cuerpo de la muerte”[7].
Moro se distingue, asimismo, en su escritura, por su
relación con el concepto de belleza y por la marginalidad reivindicada. “[…] renombra el viejo concepto de amor haciendo que lo que era
considerado marginal devenga esencial y viceversa”[8].
Tal marginalidad reside en el amor homosexual, que Moro preconiza por encima de
su ya entonces extinta unión al surrealismo.
Pero esta reivindicación de la homosexualidad nacida de la
propia condición del poeta es una parte pequeña de la inversión que Moro ejerce
en lo que respecta a lo marginal contra lo aceptado. Moro va más allá y rompe
también con la suavidad y la visión idílica ideal del amor. En El fuego y la poesía hay, justamente, la
segunda de las actitudes sobre el erotismo y la sexualidad expuestas por Alicia
Puleo en Dialéctica de la sexualidad. “La
segunda perspectiva rescataría la noción de transgresión en tanto fuente de
placer y de lo prohibido como condición necesaria para el nacimiento del deseo”[9].
Según Puleo, Eros y Tánatos entran en juego. La segunda perspectiva ejerce,
así, un papel importante y preponderante en estos versos: la autodestrucción,
el dolor en suma. “El amor-hecatombe/ Esfera diurna en que la primavera total/
Se columpia derramando sangre […] el
amor como una puñalada”[10],
reza el segundo fragmento de El fuego y
la poesía. Encontramos ahí la reivindicación del dolor como fuente de la
experiencia erótica y amatoria. Todos los alcances del dolor, incluyendo la
ausencia y la pérdida se manifiestan como componente intrínsecos de la
experiencia amatoria y, por extensión, de una poesía que transita los caminos
más ocultos de una sociedad demasiado cegada por la hipocresía y por los
ideales sobre las experiencias vitales del ser humano. Moro recuerda a la
sociedad la manera en que el dolor es una parte necesaria del sentir humano
dentro de aquel inextricable concepto que denominamos amor.
“El amor en Moro está fundido con la imagen de un bestiario
en el que dos amantes se devoran mutuamente”[11],
escribe Westphalen. Ese devorarse, esa violencia y bestialidad, según esta,
acercan los poemas de Moro a la naturaleza. Es decir, se retorna al estadio
primitivo desde el cual se construye la poesía, desdibujándose las normas que,
a través de los tiempos, la sociedad ha impuesto para ahogar la sexualidad
libre. “[…] Como una bestia desdentada que persigue a su presa/ Como el milano
en el cielo evolucionando con una precisión de relojería/ Te veo en una selva
fragorosa y yo cerniéndome sobre ti[12]”,
dice la voz poética en el tercer fragmento de El fuego y la poesía. La violencia del acto sexual y el goce que
regresan a su forma más primitiva se pueden ver aquí. Tal característica nace
de la influencia que ejerció sobre Moro el surrealismo. “El surrealismo poético,
motivo de este estudio, se ha dedicado hasta ahora a restablecer el diálogo en
su verdad absoluta, liberando a los interlocutores de las obligaciones de la
cortesía”[13], dice Bretón en el Manifiesto del surrealismo. El diálogo
que se ejerce no es, a decir de Bretón, un diálogo de imposición y con algún
objetivo. Es simplemente un diálogo personal del poeta consigo mismo. Moro
aplica esta actitud surrealista en tratamiento libre del amor, un amor que está
enmascarado bajo una serie de imágenes, las cuales, sin embargo, no esconden en
la más mínimo, una vez descifradas, todos los alcances de la transgresión y el
libre goce amatorio. Por supuesto, como se dijo arriba, Moro se distancia del
surrealismo al ver que tal actitud de libertad –en su reglamento- no era
absoluta y se construía con algunas restricciones. El fuego y la poesía pertenece a una etapa posterior al surrealismo
en la creación de Moro, una etapa en que el poeta peruano ya ha alcanzado una
plasmación más sincera y libre de su ser en la creación poética, sin olvidar,
eso sí, lo que el surrealismo le había enseñado en cuanto a creación.
Otro punto muy
importante de El fuego y la poesía es
la naturaleza de las imágenes utilizadas por Moro. La voz poética va revelando,
poco a poco, una catarata de imágenes de diversa índole. A veces estas imágenes
son muy sosegadas y cercanas al ideal amatorio tradicional. Otras veces guardan
un cierto tono grotesco. “Ahora sería muy fácil destrozarnos lentamente/
Arrancarnos los miembros beber la sangre lentamente […] Tus axilas brillan en
la noche con todos sus pelos […] Hasta tus labios de bestia”[14],
dice la voz poética en el cuarto fragmento. Una clave para entender el alcance
de la transgresión podría hallarse en un párrafo de Bataille. Este, en su
artículo titulado El dedo gordo, dice
lo siguiente: “[…] la seducción es tanto más intensa en medida en que el
movimiento es más brutal […] En el caso
del dedo gordo, el fetichismo clásico del pie
[…] indica que se trata de una baja seducción, lo que da cuenta de un
valor burlesco que se vincula siempre más o menos a los placeres reprobados por
aquellos hombres cuyo espíritu es más puro y superficial”[15].
Las imágenes de lo grotesco quedaban reservadas, pues, para lo burlesco.
Bataille resalta la frivolidad de muchos hombres que se privan, por pudor, de
algunos grandes placeres, confinándolos en el reino de la burla. Moro
reivindica estos placeres, esta clase de fetiches, con sus versos. No le
importa la belleza ideal. Le interesa colocar una serie de matices contrarios
al preciosismo. Tenemos, por ejemplo, una axila llena de pelos; en otro lado compara
los labios de su amante con los de una bestia. Así, Moro ejerce una
transgresión no solo en su concepción de amor, sino también en lo referente al
cuerpo y la violencia del acto amatorio.
Si algo puede quedar de Moro es la reinvención del
erotismo a través de su poesía. El rechazo del lugar común, de las normas
dictadas por parte de la sociedad y sus instituciones, incluso por parte del
movimiento al cuál había adherido del cual nutrió sus lecturas y poética, es un
rasgo de lo distingue y torna valiosa su poesía dentro de la letras
latinoamericanas. La belleza más suave de sus imágenes se combina con el
anti-preciosismo, dejando en claro que en la poesía hay lugar para todo, y que
también lo considerado grotesco puede alcanzar un valor al ser usado como
sustancia poética. Todo ello nace de una extraña libertad creadora. Tal vez
leer a Moro no sea sino un viaje hacia territorios profundos donde el amor y
sus goces puedan repensarse en nuestras propias vidas, siempre constreñidas por
las normas sociales.
Jorge Andrés Bayas
(2016)
[1] Vargas, Rafael.
"César Moro bajo el cielo de México". Tras desterrados.
(México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2010), 122.
[2] Ídem, 120
[3] Westphalen, Yolanda. César
Moro: La poética del ritual y la escritura mítica de la modernidad. (Lima:
Fondo Editorial UNMSM, 2001), 170.
[4] Ídem, 170
[5] Ídem, 83
[7] Ídem, 89.
[8] Westphalen, Yolanda. César
Moro: La poética del ritual y la escritura mítica de la modernidad. 67
[9] Ídem, 76.
[10] Moro,
César. Prestigio del Amor, 88.
[11] Westphalen, Yolanda. César
Moro: La poética del ritual y la escritura mítica de la modernidad. 84.
[12] Moro,
César. Prestigio del Amor, 89.
[13] Bretón, André. Manifiesto
del surrealismo. Traducido por Aldo Pellegrini. (Buenos Aires: Editorial
Argonauta, 2001), 55.
[14] Moro,
César. Prestigio del Amor, 90.
[15] Bataille, Georges. La
conjuración sagrada. Traducido por Silvio Mattoni. (Buenos Aires: Adriana
Hidalgo editora, 2003), 49.


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