La escalera de Bramante más allá del símbolo: una novela de personajes


La realidad era inestable por más que diera una apariencia sólida, incluso aburrida. El artista era consciente de esa fugacidad, de que la tierra finalmente siempre se estaba moviendo bajo sus pies, y lo que hacía era adelantarse a la muerte.

Leonardo Valencia, La escalera de Bramante 



Más de diez años tuvieron que pasar para que el talento de Leonardo Valencia nos brinde otro texto que podamos calificar como novela, el género en que su escritura ha alcanzado sus más altos vuelos —más allá de algunos destellos presentes en los pulidos cuentos de La luna nómada, o el poder sugestivo y polémico de los ensayos de El síndrome de Falcón—, y a cuyo estudio ha dedicado más páginas en sus artículos de prensa y ensayos. Ese considerable espacio de silencio, sólo interrumpido por muchos, y muy lúcidos, artículos de prensa, invitaba a pensar en la gestación secreta de una obra de proporciones monumentales, lo que, ciertamente, contradecía las intenciones originales del autor.  

Como ha ocurrido muchas otras veces en la historia de la literatura —nada más hay que pensar en el Dostoievski de Crimen y Castigo—, un proyecto que parecía transcurrir dentro del reducido número de páginas que suele perpetuar las novelas cortas acabó por convertirse en una novela gigantesca. Las 617 páginas de la edición de Seix Barral presentan un complejo recorrido que sobrepasa los rasgos más decidores de las novelas anteriores del autor: la intención de lograr la palabra precisa e incursionar, a veces, en un estilo de vuelos poéticos, cercano al apotegma. Lo último fue algo que vimos en El libro flotante Kazbek, sus creaciones estilísticamente más cercanas en recursos y rasgos diferenciales, y no tanto en El desterrado, una novela elegante que más parecía apelar, como bien dijo el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, a “la forma artística” que a “la disertación profética”. 

Pero si Valencia se ha extraviado, al menos en lo tocante a la ambición narrativa, por senderos que no contempló al inicio de su nuevo proyecto, no lo ha hecho tanto en lo que respecta a la obra que lo antecede directamente: KazbekLa escalera de Bramante se nos presenta, pues, como una continuación, como la pieza faltante que cierra la creación de un universo narrativo que, parafraseando a Vargas Llosa, absorbe las creaciones narrativas anteriores y las incorpora a un todo más grande. Este recurso puede encontrarse en autores tan dispares como Zola, Onetti y, en nuestro país, Javier Vásconez.    

En La escalera de Bramante volvemos a toparnos con Kazbek, el aprendiz de escritor que vertebra las páginas de la novela del mismo nombre. También volvemos a dar con el señor Peer, el artista sabio que guía los pasos de su inteligente discípulo. El efecto más inmediato de tal recurso es claro. Al reencontrarnos con los personajes anteriores del universo de Valencia, nos es posible leer la novela con un respiro de familiaridad. Sin embargo, el artefacto narrativo que el autor propone es, casi por completo, distinto, un hecho que tal vez pueda anular el efecto mencionado. Y no sólo por la evidente diferencia en extensión, sino por la naturaleza del texto en sí. Mientras Kazbek, a decir del escritor y crítico argentino Oliverio Coelho, puede leerse como un “ensayo púdico sobre las posibilidades del arte”, La escalera de Bramante es mucho más que eso. Por momentos, Kazbek luce más como una sobria y lúcida parábola sobre el trayecto inicial del joven artista y las sinuosidades a las que se enfrenta que como un artefacto narrativo pleno de matices; La escalera de Bramante, no. 

Bastan unas pocas páginas —quizá el primer encuentro del lector con Álvaro y Raúl— para comprender que estamos frente a una obra que sobrepasa el ensayismo narrativo y se abre a la creación de personajes. Lejos de limitarse a las discusiones sobre arte, como ocurre con Kazbek, en su nueva novela, Valencia se inclina por incorporar el drama humano y los temas universalmente más recurrentes de éste: amistad, amor, vida, muerte y las huellas inevitables del paso del tiempo. 

El foco se centra en tres personajes bien dibujados: Landor, el pintor comprometido con un arte de lenta maduración; Álvaro, el artista errante que, quizá por un pesimismo inhibitorio, o por una esterilidad artística que le veda el acceso a la chispa de la creación, pospone perennemente la elaboración de una obra que jamás llegará a realizar; y Raulito, prototipo del artista ingenuo que, sin sumergirse demasiado en las regularidades y excepciones que entraña el estudio, la elaboración y la aplicación de una poética, logra divisar un camino. Tres personajes diversos, tres personajes bien diferenciados entre sí, tres personajes que vencen el mero interés por la trama y son cubiertos por el novelista con toda clase de rasgos y vivencias que van construyendo su devenir. El asunto es claro. Al final de la novela seremos capaces de decir que conocimos a cada uno de estos tres personajes principales a profundidad, de una manera redonda y abarcadora. 

Y ello es posible gracias al arsenal de técnicas literarias que emplea Valencia. Después de todo, el personaje frágil, aunque iluminado en breves momentos y marcado por un destino trágico, no es nuevo en su producción narrativa. Ya lo vimos en “Intimidad”, cuento de La luna nómada, así como en El libro flotante, donde Pepe Estrada aparece como el perfecto representante de esta frustrada estirpe. Pero aquí, el trazado de aquel personaje prototípico es minuciosamente elaborado a través de un diálogo soberbio que funge como centro de la novela, una suerte de apoyo narrativo para el pasado, presente y futuro de la trama. Esa conversación entre Raúl y Álvaro hace las veces de andamio del libro. Es un diálogo de tono coloquial —en el que, no obstante, se infiltran los tics del estilo de Valencia en la boca de Álvaro—que conecta las múltiples tramas de la historia y, además, teje una visión poliédrica de la vida de Raúl, acaso el personaje más interesante del libro, dada su malograda pero centelleante existencia.

Empero, la vida de Álvaro, si bien menos apasionante en el plano trágico que la de su amigo, no es una simple nota al pie de la de este último. Se revela, en toda su riqueza, como un lento transitar hacia la frustración y la esterilidad artística. Italo Svevo señaló, en alguna parte de La conciencia de Zeno, que creernos poseedores de una grandeza soterrada no es algo positivo. Ello puede aplicarse a la vida de Álvaro. Vive una juventud rica en descubrimientos, pero carente de centro rector en el plano artístico. Siempre dilata la creación de una obra cuya ejecución jamás llevará a cabo. Su ineluctable final parece ser el fracaso. No obstante, el autor acabará por ser benévolo con su criatura. A pesar de su gris carrera artística, muy alejada del tono pasional del rojo con el que pretende elaborar sus monocromías, y en medio de una atmósfera de nostalgia y pérdidas, Álvaro acabará redimido. 

El último personaje para destacar, como parte de las figuras centrales de la novela, es el pintor alemán Landor. Como en Doktor Faustus—libro que, dicho sea de paso, es leído y comentado por los personajes de la novela—, donde Thomas Mann crea la figura de Adrian Leverkühn, o como en Pálido Fuego, donde Nabokov da vida a John Shade, Valencia incursiona en la creación del artista ficticio, aquel que habita un universo narrativo construido con personajes reales e inventados. Así, Landor es casi un contemporáneo de figuras tan importantes como el vanguardista Yves Klein, si bien la obra del pintor ficticio es diametralmente opuesta a la del personaje inspirado en una figura real. De la misma forma que Nabokov y Mann, Valencia sostiene la creación de su artista con toda una serie de materiales críticos inventados, incluido un complejo ensayo que pasa revista a las creaciones de Landor desde los distintos instrumentales críticos disponibles. Y todo sostenido por una prosa lúcida y elegante que da medida de la habilidad del escritor como crítico y ensayista, además de su considerable erudición. 

En la misma línea de las creaciones anteriores de Valencia, tenemos como punto fuerte el lenguaje. Un lenguaje narrativo que pertenece a un autor en su madurez, alguien que hace rato se ha convertido en amo y señor de todos sus recursos narrativos y estilísticos, y que, con el paso de los años, ha sabido cribar las marcas de su escritura, en favor de un tono más pulido que revela un mayor dominio del oficio. Ya no estamos frente a las frases de una palabra que, por momentos, daban un tono demasiado vertiginoso a la lectura de El síndrome de Falcón El libro flotante. Ahora, el lenguaje es ceñido y claro, como si se buscase que el atractivo del texto resida más en el poder de una prosa meditada y una estructura narrativa compleja que en el impacto abrupto de una frase minimalista. 

Hablar de la estructura narrativa es clave por el paso adelante que da el autor en La escalera de Bramante. Si en El desterrado, Valencia pergeñó una bella pintura de época, una novela de lento, puntilloso y tradicional andar, en El libro flotante dio paso a un lenguaje de corte personal, más cercano al de sus ensayos y apoyado en un andamiaje astuto que grada la entrega de las pistas necesarias para que el lector resuelva la clave del libro. Con su compleja armazón, La escalera de Bramante escapa de los rasgos más evidentes de estas dos novelas. No es una pintura de época, por más que una parte de la acción se detenga en los graves sucesos de la Segunda Guerra mundial y las consecuencias psicológicas que éstos provocaron en camino vital de los personajes; tampoco, un artefacto de raigambre experimental, como El libro flotante. Esta vez, Valencia renuncia a toda clase de novedad o pintura histórica, y, en lugar de ello, nos presenta una complejísima estructura narrativa que funde varios planos de la realidad en una trama única. Y lo hace a través de un conjunto de vidas paralelas que, pese a estar separadas por la diferencia temporal entre sus respectivas fechas de inicio, se entrecruzan en capítulos clave. Gracias a ello, tres historias muy disímiles —la lenta pero romántica vida de Landor, las vidas mucho menos sustanciales de Raúl y Álvaro y una trama de suspense protagonizada por guerrilleros— confluyen en una única narración. Confieso mi debilidad por las dos primeras historias, que, me parece, incorporan todo el potencial humano y la cuidada elaboración de personajes que una buena novela suele tener. 

Para concluir, debo hacer dos observaciones que me interesan. La primera pertenece a un orden muy subjetivo. La lectura de novelas incluye, en algunas oportunidades, una fijación por aspectos marginales de los textos que visitamos. A veces somos los únicos que se percatan de algunos detalles que, para otros, incluido el propio autor, pasan inadvertidos. En La escalera de Bramante he creído ver una pequeña simetría. Me refiero al primer capítulo de la cuarta parte de la novela, titulada “Alquimia de la errancia”. En él conocemos, a través de Álvaro, una posible interpretación al cuadro “Requiem para Sidney Bechet”, de Araceli Gilbert. Leemos: “Esa línea roja parecía la última nota sobre el pozo de sangre de la muerte de Bechet”. En el siguiente capítulo, mientras espera inútilmente la llegada de su amigo Dieter, en una estación de trenes parisina, Kurt Landor se topa con un cuadro que representa los momentos previos a la partida del tren. Como ocurre con la pintura de Araceli Gilbert, la descripción viene acompañada de la interpretación: “Señal trágica, pensó (Landor). No llegan, parten. Van hacia la disolución y el vacío”. ¿Casualidad? Una vez más, el arte prueba estar repleto de sorpresas. 

La última observación es de índole más general. Alguna vez, Borges señaló que, pese a su notable habilidad como estilista, a Quevedo le faltó acuñar un símbolo que cifre su producción artística. Parece que, con la escalera de Bramante, la proeza del diseño que da título al libro, Valencia ha intentado dejar su impronta. Al fin y al cabo, es un símbolo perfecto para unir el cosmopolitismo con la tradición ecuatoriana. El tiempo hablará sobre la pertinencia de dicho intento. Por el momento, yo lo considero muy apropiado. Encaja a la perfección con la naturaleza trashumante de la novela y nos brinda una de las más bellas escenas de ésta. Una serie de páginas que resumen a la perfección lo que, por encima de sus naturalezas contrapuestas, une a Álvaro y Raúl. Como en el Quijote, como en Moby Dick, la literatura es, una vez más, la representación de la amistad. 



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