El porqué de la prosa y un sueño distinto


27 de marzo de 2020


He renunciado a la escritura de poesía por el momento. 

Creo que en la poesía como una escritura de la catarsis individual. Por ello, y superada la época de los grandes poemas épicos, considero que en los ratos en los que impera la incertidumbre, como los que vivimos, la poesía es una práctica estéril. Al menos en mi caso. No soy capaz de delinear formas poéticas ahora. Me resultan ajenas, artificiales, impostadas. La poesía en verso se me antoja, bajo mi actual estado de ánimo, como un una forma fútil de arte, plagada de ornamentos que se alejan de lo que, con tanto apremio, necesitamos expresar.  

Por ello, he decidido utilizar la prosa. La prosa es paciente y simultánea. No requiere detenerse a cuidar algo que me interesa tan poco en estos momentos como la cesura. Registra, al vuelo, pensamientos e información. Como lo dijo el ensayista italiano Franco Moretti, sus partes están firmemente conectadas entre sí, y ello permite que el ritmo narrativo se acelere. Y no sólo el ritmo narrativo, creo yo, sino el incierto discurrir de nuestra consciencia. Además, entiendo que la poesía, sin ceñirse a su forma versificada, también se infiltra en toda buena prosa. En ese sentido, ¿es coincidencia que algunos de los grandes libros íntimos de los últimos tiempos, como los diarios de Ribeyro, los de Pizarnik y los de Musil, revelen un primoroso impacto que surge de una prosa apresurada, y que muestren una contundencia tan espontánea?

No lo creo. Y, siendo así, he decidido, al más puro estilo de aquellos individuos sumidos en tiempos de crisis colectiva, iniciar un diario. La sensación me es extraña porque jamás lo había hecho. Ni siquiera en los tiempos del colegio, donde, por un lado, el bullying y, por otro, la gran dificultad para hacer amigos me transportaban a una residencia amurallada por una incólume soledad. Rumiaba mis penas juveniles solo, abandonándome a los pensamientos pesimistas con tanta frecuencia y con tanto celo, que descuidaba mis obligaciones. No hablaba con nadie, ni con mi familia ni con algún amigo que pudiese ser el depositario de aquellas experiencias amargas. Y creo que tampoco lo hago ahora. Aun en las conversaciones con mis amigos más cercanos y con mi familia me cubre un velo, una espesa pieza conformada por valvas protectoras que impiden el paso a lo que está sucediendo dentro de mi cabeza. Pero las cosas han cambiado, al menos con mi renuncia a la escritura, a la que esperaba dedicarle más tiempo en cuanto me sintiese listo. 

De pronto, he dejado de sentirme como el ser más solitario del mundo, agobiado por taras que no se extienden más allá de mi espacio personal. Entiendo que, hoy, el mundo se siente tan solitario como yo. Y no es que ello me haga feliz o me provoque alivio. Sencillamente, comprendo que este es el momento idóneo —y que, a diferencia de lo que pensaba, no es tarde para escribir mis pensamientos, darles forma, dejarlos volar, ensayar, destejer los hilos de pensamiento y entrecruzarlos en otro tejido fragmentario, aquí, en este modesto blog.

Así, empiezo con un registro de mis pensamientos, sueños e inquietudes. En lo posible, trataré de evitar el tema del virus. No me interesa alarmar a nadie, ni siquiera al modesto lector de blogs, mi compañero, mi hermano.

***  

Ayer soñé con otra vida. Soñé que no era más Jorge Andrés Bayas Lituma, ese melancólico tímido que, pese a las advertencias realistas que le han hecho, cree en la posibilidad de crear, sin aviso, un nuevo yo hegemónico que apague sus resquemores y lo impulse a la vida con que ha soñado desde hace tanto. En su lugar, yo era el extravertido estudiante de un nuevo colegio, un colegio de élite, tan propio de las telenovelas adolescentes de la década pasada. 

Recuerdo que no hubo dificultad para hacer amigos. El contacto social se me abrió en seguida, sin las demoras provocadas por la aprensión y la postergación. El respeto llegó muy rápido, alimentado por hazañas temerarias que no habría sido capaz de ejecutar si hubiera sido Jorge Andrés Bayas. Percibí con facilidad el gusto que provocaba en las chicas y ello elevó mi autoestima hasta las nubes. Además, el edificio donde funcionaba el colegio era grande y acogedor, dotado de todas las comodidades imaginables y ornado con detalles de una belleza tan tranquila que rozaba lo clisé. 

Pero no fue un sueño lúcido. Y ahí empezó el problema. Si lo hubiera sido, yo, como los hipócritas, habría reemplazado el despreocupado caudal de mis palabras con la sensatez, con la mentira. Habría modificado mis opiniones para que coincidiesen, palabra por palabra, con las de los demás, sin que la astuta estratagema que había empleado fuese descubierta. En cambio, ocurrió lo inevitable. 

En un acto público, uno de aquellos que son frecuentes en los colegios, una profesora, que hasta ese momento me había tratado con gran amabilidad, me preguntó si creía en el poder de Dios para cambiar las cosas, para tornar los sucesos desafortunados que experimenta la humanidad en bienaventuranzas. Le respondí que no. O, pensándolo bien, me encontré haciendo lo que suelo hacer como Jorge Andrés Bayas: enredarme en los matices antes que responder de forma apresurada y rimbombante. Dije que no creía que Dios administrase la justicia así. Que, en realidad, las bienaventuranzas están ya dadas, sin que nuestros deseos puedan influir en su aparición y que, lo que venga, hay que aceptarlo. En suma, me abandoné a una aplicación apresurada y personal de la doctrina de Spinoza, que no había leído hacía mucho. 

La reacción de aquella profesora fue la que esperaba. Confirmando la dolorosa certeza que uno suele tener cuando el sueño está ya perdido, me sometió al escarnio general. Vi a todos los alumnos, incluso los jóvenes intrépidos con los que había trabado amistad, reírse de mí y tratarme con ese aire perdonavidas que tanto detesto, que siempre he detestado. Comprendí, entonces, que, por más que estuviese adornado con las virtudes soñadas, ese muchacho era yo, el yo actual, el que a los 20 años dejó atrás todo fervor religioso. El que, sin embargo, ansía, desea angustiosamente, que su escepticismo esté equivocado. El que, a fin de cuentas, ansía hallar las aguas de la vida. 






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