Conrad en Vietnam


I

La vida no sólo es abundante en diversiones inocentes y obras edificantes. Es sabido que el arte que se precie de ser como tal es penetrante e incendiario, como una espada flamígera que atraviesa lentamente la carne. El arte hace que la conciencia del espectador despierte, se interrogue y, tal vez, proponga soluciones. El arte lleva, en definitiva, a la participación. Los estadios del proceso de las artes, según Aristóteles, son eleos, phobos y khatarsis. Se corresponden con la solidarización, la identificación y la purificación. Tal vez esto va contra la predominancia de la imaginación, la memoria y el dominio del lenguaje, los únicos tres atributos que Vladimir Nabokov pedía para gozar de una novela. Según Nabokov, los libros eran sólo cuentos de hadas excelsos, y "las grandes ideas son para tontos". Oscar Wilde tenía una opinión similar (suponía que mientras más objetivo era el artista, más expresaba su subjetividad, lo interno; Shakeaspeare es Hamlet; Flaubert es Madame Bovary). No lo creo así. Estoy de acuerdo con Aristóteles. Creo en el arte como un puente entre la insatisfacción y los cambios. Una sociedad libre nunca está satisfecha del todo. Por más perfeccionada económicamente que esté, siempre surgirán los conflictos. Siempre habrá un inconforme que busque testimoniar su desdicha. O quizá haya quien los encuentre y busque levantar la voz para tornarlos visibles, Del dolor, del sentimiento de nunca estar del todo, nacen las obras maestras.

II


Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, es el mejor ejemplo de un arte destinado a sobrepasar lo estético y anclarse en lo político y filosófico. Nace en lo político. Lo atestiguan las primeras escenas en que el espectador ingresa en la cruenta guerra de Vietnam. Los balazos, las explosiones, el sufrimiento físico y, por supuesto, la camaradería militar hacen pensar en una mera película bélica. Ello es engañoso. La canción psicodélica y estructuralmente anárquica de The Doors, The End, que se fusiona en los primeros planos con la cara de Martin Sheen y las llamas crepitantes que devoran la selva, ya había prefigurado la muda que ocurre más tarde, progresivamente. Escenas como la de las conejitas de Playboy, que tienen ya tienen una soterrada parte alucinante, ceden poco a poco a una fantasmagoría creciente. Cuando el grupo de franceses ofrecen albergue a los viajeros, todo ha mudado en un viaje existencial. El protagonista, Willard, interpretado por Martin Sheen, va cediendo al horror, a los descensos al averno en el propio mundo real. O no sabemos si es real, pues un tono onírico se va instalando en el relato. En el libro de Joseph Conrad (Heart of Darkness, base de la película, aunque ambientado en el Congo belga) encontramos una escena que anunciara todo lo que sucederá más tarde. Dos mujeres, una vieja y una joven, tejen sus lanas y guían a los viajeros. Como dice el propio Conrad en el libro a través de los labios de su alter-ego, Marlow (alter-ego también de Willard), aquellas mujeres parecen guardar la puerta de la Oscuridad. En la película no existe un símbolo más claro que en la escena del baile provocativo que desencadena un desastre. Ahí comprendemos los alcances de la soledad y de la contemplación directa del horror. El ser humano regresa a su estado primitivo. No hay más moral, más ética, no hay más empatía. Sólo hay dominación. El ser humano sólo puede detentar el poder imponiendo su fuerza y sometiendo a los demás a través del miedo. Así ocurre con Kurtz, el personaje tan brillantemente interpretado por Marlon Brando. La pericia de Coppola en la narración, su cambio gradual del realismo bélico por el tono onírico, nocturno y pesadillesco sumen al espectador en un estado superior al de la mera contemplación. Se activan en su máxima expresión los estadios del arte. El dolor de la guerra, la irracionalidad, la proximidad de la locura (que se manifiesta en Willard por momentos) y la falta de empatía configuran un universo denso, helado y opresivo en que el espectador  verá tambalear sus concepciones previas sobre la existencia. Si en la novela de Conrad la densidad nace de lo filosófico y lo verbal (la belleza de las descripciones y el tono de la narración), en la película de Coppola la densidad nace de la gradación de lo visual. Una obra maestra, para complacer a todo aquel que guste emprender un viaje doloroso a la condición humana. 

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