La futura vejez
En La casa de las bellas durmientes (1961), Yasunari Kawabata perfiló un mundo extraordinario. Como alguna vez dijo Fernando Iwasaki, en un texto de la contraportada del magnífico libro de microrrelatos, Smog, de Huilo Ruales Hualca, en realidad el tamaño no importa. Las novelas breves no son un tajo de vida como lo son los cuentos, tampoco son mundo extenso como una novela larga. Son episodios sólidos que incorporan todas los detalles necesarios para conocer a fondo lo que se cuenta y a los protagonistas. El libro de Kawabata no llega a las cien páginas y se deja leer fácilmente (al contrario de, por ejemplo, Joseph Conrad), pero golpea, no de forma glacial y filosa, pero sí de forma sensual y subrepticiamente dolora.
Sabemos quién es Eguchi, sabemos lo que hace en aquel sitio, que, aparentemente apartado del mundo real, debería distraerlo de los sufrimientos de su temprana vejez, pero que en realidad le recuerda su tristeza y hace que los momentos sentimentales más trascendentes de su vida concurran a su mente el mismo rato que tiene a una jovencita narcotizada al frente suyo para "hacer lo que desee".
El árbol de camelias que contempla con su hija, el encuentro erótico con una joven mujer que decía ser madre de dos niños, su frustrado amor en Kyoto y otros momentos se mezclan con los labios pintados de carmesí, los pezones de diversos colores y los olores de los cuerpos juveniles que vienen a consolar a los ancianos seniles, brindándoles una última brizna de erotismo. Una reflexión moral de lo que ocurre aquí es intrascendente. Debemos abandonarla en favor de un delicado sueño existencial, profuso en detalles vívidos y un delicado análisis de la condición del protagonista, el anuncio de la última decadencia. En fin, debemos rendirnos a la compañía de la buena literatura.
Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de la transgresión.Yasunari Kawabata

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