Héroes y víctimas

8 de abril

Un héroe es un hombre sacrificado. Al leer el Beowulf nos encontramos con un guerrero excepcional, dueño de un talento que los demás no son capaces de igualar. Tanto así que los daneses a los que protege, pese a su entrenamiento y a sus armas, no pueden prevenir la oscura sed de sangre del ogro Grendel. Sólo el héroe del poema, con su fuerza superior, similar por etimología a la de un gran oso, y su valentía que traspasa todas las dudas que podrían surgir en un camino tramado de horrores, es capaz de darle muerte al infecto demonio. En donde él triunfa, todos los demás fracasan. Pero hay un precio.

El precio puede verse cuando, en el ocaso de su vida y convertido en el rey de los gautas, Beowulf debe enfrentar al dragón y fallece vencedor. Paga sus dones con su vida. Su capacidad es, de algún modo, una carga, una suerte de condena. La gracia que tan generosamente le fue concedida debe ser devuelta con su muerte. ¿A qué viene esto?

He pensado un poco en la suerte de los médicos que apoyan a la humanidad en tiempos difíciles, los de las grandes epidemias. Su labor deja de ser profesional. Ante el riesgo de contraer el mal que acaba con la gente a gran velocidad, dejan atrás el cómodo sitial en que estaban instalados. Su conocimiento ha dejado de ser esa magia que les podría otorgar el triunfo profesional y personal.

Esas largas horas de entrenamiento, robadas a veces al sueño, sorbiendo el difícil saber confinado en los tomos de anatomía y fisiología, y practicando en cadáveres, confieren a los médicos una experticia de la que carecen los otros seres humanos. Una habilidad superior que los transforma en los héroes de la crisis, pero que, al mismo tiempo, los convierte en víctimas, del mismo modo que le ocurrió a Beowulf, que, a su modo, fue algo así como un médico que le devolvió la salud a los daneses — aterrados por el insaciable Grendel— y que más tarde fue la víctima, porque fue capaz de ayudar a su pueblo, los gautas, aunque con la muerte como ineluctable consecuencia. Fue liberador y víctima, adición ajena y resta propia.

Y todos los que pertenezcan a esta estirpe lo serán hasta que aquellos que —con recursos e influencias— pueden atenuar los males se decidan a protegerlos. La dimensión mitológica de los héroes ha perecido. Pero su dimensión corporal sigue presente, tan frágil como la de cualquiera que no haya tenido su formación. Nada más hay que ver su condición de seres sacrificados, de víctimas inevitables.


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