Escribo a la semana

2 de abril

Esta semana no he tenido ganas de escribir. Más que nada porque quiero reflexionar antes de dejar que el caudal de mis pensamientos quede atrapado aquí. La esperanza es algo que jamás pierdo, y no lo pierdo porque entiendo la situación de privilegio en la que estaba y que no había querido ver hasta ahora, hundido en una desazón existencial cansina de la que hasta ahora me arrepiento, pues carecía de sentido. Aunque quizá el privilegio no sea otra cosa que una forma de ceguera ante un enemigo invisible que nos consume sin ofrecer un rostro y distinguir entre nosotros al privilegiado y aquel que no lo es —aunque los privilegios todavía nos permiten comer y tener encima nuestro un techo cómodo—, al más puro estilo de lo que dice Ulrich Beck.

Hoy veo todo hermoso. Veo incluso las nubes gordas, de barriga gris espesa y brillos blanco huevo, flotar con belleza en este cielo nimbado de parca desolación. ¿Por qué estaba triste cuando veía la lluvia caer afuera? ¿Por qué me incomodaba un simple cambio en el clima al grado de disparar mi tristeza y llevarme hasta un estado que lindaba con la melancolía? No lo sé. Quizá sea cierto lo que decían algunos. A nuestra generación le hacía falta un encuentro con la desgracia para reaccionar y apreciar la facilidad para todo.

No he dicho nada a mis padres, y espero que mi hermana no vea esto hasta que la pesadilla termine, porque quiero que sea fuerte, por ella y por su hijo, pero tengo miedo. Tengo miedo por todos. Sé que, para no crear pánico, los gobiernos manipulan cifras e intentan convencernos de que la situación no es tan seria como parece fuera de sus canales oficiales. Pero lo es.

Vivimos una guerra, una desgracia potente que jamás habíamos entrevisto, en el decurso de una vida individualista entregada a los sueños que nos validen: conseguir novia para que la familia no crea que eras homosexual —aun si, como en mi caso, no lo eres, y aun si el hecho de serlo no es negativo en sí—, conseguir un trabajo, graduarte.

Vivimos en tiempos en los que ya pocas ganas dan de preocuparse por los amigos o de recordar que uno tenía un crush con alguna chica, incluso si esa chica era muy bonita, de voz ronca y gran gusto por las aves, y tú, temeroso del rechazo, nunca te atreviste a decírselo directamente.

Porque la familia en sí, con todas sus reglas, las diferencias generacionales y culturales que te separaban de ellos, te preocupa más. Después de todo, has vivido con ellos desde que naciste y te echaste a andar. Porque, pese a la advertencia que lanza Saer en El entenado, sobre la ilusión de compañía que es la familia, uno se siente protegido y agradecido cuando está rodeado por ella. Quizá de ello nazca lo que llamamos amor. Nuestro sostén para que no nos derrumbemos en un vértigo existencial que nos dominaría luego de ver nuestro insignificante lugar en el universo.

¿Qué es la vida sino la ilusión que provoca esta cambiante materia de la que estamos hechos? ¿Qué somos nosotros sino cuerpos frágiles que hoy están al acecho de un cúmulo de proteínas que envuelven filamentos de ácido nucleico? Nuestro cuerpo es fugaz y débil. Está hecho para el placer más intenso, pero, también, para el dolor más insoportable y ominoso.

Sé eso. Lo sé y percibo el horror que nos rodea. No diré más. Porque no tengo más que decir. Sólo quiero cerrar mi boca y tapar el tintero.


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