La danza de los árboles
6 de abril
Cuando era niño tenía buena vista. Entonces, amaba contemplar cómo el viento, ese animal invisible, certero y errabundo, agitaba las ramas de los árboles en la tarde. Veía, detalladas y precisas, las múltiples hojas oscuras de los eucaliptos bambolearse a cada lado, sostenidas por las ramas danzantes y flexibles. Era como mirar las cosas en cámara lenta, como si el tiempo fuese una tortuga amigable que gusta de avivar la contemplación. Percibía la infinidad de matices que el sutil juego de luces y sombras arrojaba en esa pintura móvil. Y no podía apartar la vista, porque una pequeña sensación de éxtasis, de maravilla singular, me recorría, hasta que una vaga sensación de desazón, a la que no era capaz de atribuir una causa, interrumpía la contemplación. Pero cada interrupción, lo entendía bien, era un nuevo comienzo. Volvería a contemplar las ramas meciéndose tantas veces como quisiera si la ocasión lo permitía.
Ya no me gusta hacerlo. Mi vista física ha empeorado bastante, y, quizá, mi mirada infantil, que no se abandonaba a las fatuas abstracciones y se detenía, más bien, en las sorpresas sensitivas que le suministraba el mundo, ha perdido el enfoque. Hoy me interesan más las reflexiones vanas que, casi inevitablemente, hacen que me compadezca de mí mismo y perciba la manera tan rápida en que el tiempo transcurre ahora.
Crecer es, como se sabe, enfrentarse a las restas: los sentidos se pierden, la felicidad se escapa sin que uno pueda atraparla entre las redes de la ingenuidad que antes estaban a disposición, pese a que uno no lo supiera, y los seres querido pronto empezarán a morir. Temo lo último. Todo lo demás ya lo he empezado a experimentar. Temo ese desfile infeliz de arrepentimientos que vendrá con ello. Y temo pensar, tal vez más que nunca en ese momento, que algún día yo también me perderé en el tropel infinito de los días como un mero cúmulo de átomos.
Cuando era niño tenía buena vista. Entonces, amaba contemplar cómo el viento, ese animal invisible, certero y errabundo, agitaba las ramas de los árboles en la tarde. Veía, detalladas y precisas, las múltiples hojas oscuras de los eucaliptos bambolearse a cada lado, sostenidas por las ramas danzantes y flexibles. Era como mirar las cosas en cámara lenta, como si el tiempo fuese una tortuga amigable que gusta de avivar la contemplación. Percibía la infinidad de matices que el sutil juego de luces y sombras arrojaba en esa pintura móvil. Y no podía apartar la vista, porque una pequeña sensación de éxtasis, de maravilla singular, me recorría, hasta que una vaga sensación de desazón, a la que no era capaz de atribuir una causa, interrumpía la contemplación. Pero cada interrupción, lo entendía bien, era un nuevo comienzo. Volvería a contemplar las ramas meciéndose tantas veces como quisiera si la ocasión lo permitía.
Ya no me gusta hacerlo. Mi vista física ha empeorado bastante, y, quizá, mi mirada infantil, que no se abandonaba a las fatuas abstracciones y se detenía, más bien, en las sorpresas sensitivas que le suministraba el mundo, ha perdido el enfoque. Hoy me interesan más las reflexiones vanas que, casi inevitablemente, hacen que me compadezca de mí mismo y perciba la manera tan rápida en que el tiempo transcurre ahora.
Crecer es, como se sabe, enfrentarse a las restas: los sentidos se pierden, la felicidad se escapa sin que uno pueda atraparla entre las redes de la ingenuidad que antes estaban a disposición, pese a que uno no lo supiera, y los seres querido pronto empezarán a morir. Temo lo último. Todo lo demás ya lo he empezado a experimentar. Temo ese desfile infeliz de arrepentimientos que vendrá con ello. Y temo pensar, tal vez más que nunca en ese momento, que algún día yo también me perderé en el tropel infinito de los días como un mero cúmulo de átomos.


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