Dolor extenso contra dolor intenso

6 de abril


Dice Musil que, cuando uno está cerca de la muerte, no goza con mayor intensidad de la vida. Lo que ocurre es que uno siente una libertad mayor, sin el peso del paso del tiempo cerniéndose sobre uno como una condena fatal —lo que es exacto, aunque esta condena incluye plazos poco intensos que uno puede aprovechar—. La muerte es, por lo tanto, una promesa inmarcesible que libra a la existencia postrera de las expectativas que el sujeto agonizante se había hecho sobre la existencia en el pasado.

Lo creo un pensamiento muy válido, sobre todo en el caso de sabios vitales, filósofos y aquellos aquejados de una depresión profunda. No obstante, creo que su reflexión no aplica a los enfermos terminales menos afortunados, con sus órganos descompuestos por las enfermedades más horripilantes, e ignora el profundo desasosiego, ese padecimiento atroz y perenne, que acompaña a estos.

El dolor metafísico es más extenso que intenso. Constituye un sentir general a lo largo de un tiempo prolongado y vuelve a ese tiempo rápido y estéril, carente de sentido y matices. El dolor físico, por el contrario, es más intenso que extenso y extiende claramente la duración subjetiva de las horas, volviéndolas un tráfago intolerable, una punzada artera y profunda. No es un secreto que, en el caso de los dolores corporales, se comparen los segundos de sufrimiento con largos años de tribulaciones ininterrumpidas y, en apariencia, eternas.

Para los que sufren con el cuerpo a toda hora, la liberación previa a la muerte no existe. Su libertad se dará solamente cuando su cuerpo deje de ser el receptáculo de la consciencia. Pero ellos no lo sabrán. El sueño de la vida los habrá abandonado.

El cuerpo, como podemos ver, es imposible de ignorar y mucho más influyente que la metafísica.

Vayamos hacia allá.



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