Libros fragmentarios
5 de abril de 2020
No sé si fue Benjamin —o si Eduardo Lalo me ha engañado— quien dijo que los únicos libros valederos para nuestra época son aquellos compuestos por fragmentos. Tiene sentido.
Vivimos en una época en que, repletos de distracciones, nuestra atención mira hacia muchos lados: un rato estamos jugando un juego de video en línea; poco después estamos hojeando un libro que estamos leyendo desde hace varios días; y, sin que haya transcurrido mucho tiempo, le entramos duro al Youtube, para escuchar, a veces de los labios de individuos mucho menos complejos que nosotros, opiniones que solacen nuestros abotagados días. No queremos aburrirnos. Es más: le tenemos una alergia potente a ese estado de la mente y el cuerpo. Ése que, en mi caso, siento como estar sentado en una porción insignificante de una de las esquinas de una gigantesca catedral. Y mirar los muros cubiertos de pan de oro, con los santos inexpresivos, en relieve y cuadros, hostilmente crueles, indiferentes al lamento del bufón, del humano sumido en miles de tribulaciones que se pierden en pensamientos inconvenientes que horadan el delicado tejido del alma. Y dolerse de la insignificancia. Y comprender que esa iglesia con que comparo mi sentimiento de insignificancia es gigantesca, hecha para que sus fieles se sientan tan pequeños como hormigas ante la presencia del creador.
Y no hay consuelo: sólo el paso del tiempo, con el disfrute auténtico escurriéndose de nuestra vista sin que podamos alcanzarlo, como una suerte de alimaña veloz en días, por el contrario, largos, eternos. No, no me contradigo. Recuerdo que esa idea está en uno de los capítulos de La montaña mágica, en una de las primeras grandes conversaciones de Hans Castorp con Settembrini.
Volviendo a la idea principal, uno aplaca la espera del disfrute llenándolo con lo que está disponible. Pero a veces, sospecho, sentimos auténtico miedo de buscar el disfrute, porque sentimos que la vida es muy corta para no encontrarlo de inmediato, y buscamos sustitutos. De ahí nace nuestra tendencia a la digresión, a la falta de atención, a la utilidad marginal del objeto llegando a su punto máximo sin que el goce haya hecho su aparición definitiva.
Por eso necesitamos, más que nunca, libros hechos de retazos. No esos tochos hilados a la perfección, que confluyan en una estructura ineluctable e inmaculada, como las novelas de antaño, sino superposiciones de objetos disímiles. Collages de pensamientos, de recuerdos. Comidas que reúnan la basura y alimento. De ahí que lo mejor para nuestra época sea un Montaigne, o un Pessoa, o un Benjamin, o un Nietzsche. No sé si ellos sospechaban, como sospechaba Voltaire, de los sabihondos fabricantes de sistemas, quienes creían saber más que aquellos que no emprendían sus ambiciosas quimeras. Sin embargo, esos seres inconstantes y asistemáticos hicieron libros maravillosos. Libros que podemos abrir por cualquier página para pensar, reflexionar y entretenernos. Libros que, engañándonos como promesa de lo superficial, nos alejen de las banalidades. Libros múltiples, engañosamente simples.
Pero, claro, uno sigue amando las novelas totales...


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